Moyano y Cristina, ni tan grave ni tan simple

Los reclamos del líder de la CGT: cómo sigue la relación con el gobierno.  El dirigente camionero dijo en público lo que susurraba hacía seis meses por lo bajo. El llamado del gobernador Daniel Scioli tras su renuncia a sus cargos en el peronismo. Qué postura tomarán sus diputados en la agenda parlamentaria del oficialismo. Historia de una tensión a punto de definirse.

 

 

Por Roberto Caballero
Director.
Quizá la noticia de mayor voltaje político de la última semana haya sido el blanqueo definitivo del –todo indica– irremontable disgusto entre Hugo Moyano y el gobierno. Estaba cantado, de todos modos. En América TV, el líder de la CGT no hizo otra cosa que expresar en público lo que venía rumiando por lo bajo hace, al menos, seis meses, luego de anoticiarse que Cristina, a diferencia de Néstor, no le reservaba un lugar destacado en el armado K. Es cierto: esta vez, la queja moyanista fue más dura que en el acto de Huracán. Comparar la “sintonía fina” presidencial con el ajuste menemista fue un dardo innecesario al corazón simbólico del kirchnerismo. Más que denunciar el pretendido giro fiscalista del gobierno, evidencia que su herida personal es profunda y no un raspón superficial. Claro que la persona, en este caso, es inseparable del dirigente que representa a decenas de miles de trabajadores, en su mayoría votantes de Cristina. Sobre si esto tiene o no vuelta atrás, es de difícil pronóstico porque el escenario de pelea es el peronismo, que se encoge y estira con igual facilidad para fastidio de las categorías clásicas de análisis que dominan la Academia. Si a la historia del movimiento creado por Juan Domingo Perón se le sustrajeran los capítulos turbulentos y hasta violentos protagonizados por su ala política y la sindical, quedaría la mitad de su historia en pie. Apenas un esbozo, o quizá ni eso. Perón mismo, a quien nadie en teoría podía discutirle la pureza doctrinaria, padeció en distintas épocas los desafíos de Cipriano Reyes y Vandor. Por suerte para todos, la Argentina es otra. Lo que ayer era violencia real hoy es pura retórica. La constante, sin embargo, es que desde que el conductor armó el Arca de Noé del movimiento nunca se aceptó el “doble comando”. En lo peor de la crisis de representatividad surgida en 2001, Néstor Kirchner abrió la puerta al sindicalismo en una suerte de cogobierno de la nueva identidad en tránsito que hegemonizaría el peronismo del Siglo XXI. Este aliento desde el Estado a los gremialistas que combatieron el neoliberalismo introdujo como novedad la convivencia dentro del kirchnerismo de un ala política setentista y un sindicalismo tradicional peronista, con blasones combativos ganados en la calle de los ’90. Como si viejos militantes de la JTP y la JS de los ’70, ya peinando canas, se hubieran puesto de acuerdo en dejar para nunca el debate pendiente sobre las prácticas burocráticas. En el medio de esto, la principal perjudicada fue la también antinoventista CTA, que se dividió tras unas elecciones espantosas y luego De Gennaro partió rumbo al rosario socialista de Hermes Binner y el FAP. Moyano recogió, sin embargo, los mayores beneficios del kirchnerismo en el poder. Fue Kirchner el que disciplinó a los sindicalistas reacios a votar al camionero al frente de la CGT, le habilitó los teléfonos rojos de la Rosada, permitió que todo lo que tuviera ruedas se encuadrara dentro de Camioneros, y hasta se peleó con los intendentes bonaerenses para ungirlo vicepresidente del PJ provincial. Justo es decirlo: Moyano pagó con lealtad todas estas muestras de apoyo. No hubo paros generales, ni paritarias extremas y cuando el conflicto con la 125 arreciaba, allí estuvo la CGT respaldando al Ejecutivo desafiado por los ruralistas. Sin embargo, es como si muerto Néstor la puerta se hubiera cerrado detrás de sí, empujada un poco por Cristina y otro tanto por Moyano. Desde el discurso emotivo en el Salón Felipe Vallese, a horas de la partida del santacruceño, a quien comparó con Perón y Evita, al que dio en el estadio de Huracán, donde renunció a todos los cargos del PJ, Moyano pasó de puntal de un modelo exitoso a filoso reclamante de una Cristina apabullante en las urnas. Si pasó algo en el medio de tinte personal, sólo lo saben ellos. Lo cierto es que la mayoría de los cuadros moyanistas asistieron con perplejidad al enfriamiento de las relaciones y a los disciplinamientos verbales al corporativismo y el apriete. Cristina no era Néstor. Y los kirchneristas ciento por ciento K explicaron el súbito cambio de clima de templado a helado en estilos incompatibles, cuestiones de género y pedidos excesivos y belicosos del camionero. Por caso, la gestión kirchnerista en Aerolíneas Argentinas sufrió el boicot de los principales gremios moyanistas y Cristina asumió que le estaban declarando la guerra a sus decisiones. Durante ese conflicto, el drama quedó humana y políticamente expuesto: el jaqueado era el “camporista” Mariano Recalde, presidente de AA, hijo de Héctor Recalde, abogado de Moyano y diputado del FPV, autor del proyecto de reparto de Ganancias, que Cristina decidió congelar en el Parlamento, donde Facundo Moyano entró para votar las decisiones de Cristina. Parece una comedia de enredos familiares. También lo es, en cierto punto.
El desgarro viene creciendo. La ausencia de los diputados moyanistas en la votación del Estatuto del Peón Rural, el reportaje con Gustavo Silvestre del jueves, la difusión de las cartas a Cristina no correspondidas en enero y, por último, la alusión menemista a la “sintonía fina”, lo ubican a Moyano distante de la Rosada, como parecería querer Cristina, aunque esta vez por aislamiento autoimpuesto del líder sindical. ¿Hay alguna posibilidad de que la presidenta atienda a Moyano con sus últimos planteos? Difícil. Decir imposible en política es siempre exagerado. Pero la verdad es que las únicas señales tanto de un lado como del otro no preanuncian más que tempestades en lo inmediato.
¿Cómo se llegó a esto, después de tanto acto y abrazo compartido? A ver: los editorialistas de La Nación y Clarín, enemigos de Moyano, del gobierno y del modelo, hicieron lo imposible para convencer al jefe de la CGT que en la Rosada lo querían meter preso por la causa de los remedios truchos. Aunque nunca hubo siquiera indicios de que el oficialismo alentara esta persecución, el moyanismo asumió que el sistema radial de conducción de Cristina, donde la distancia y la sequedad ejecutiva, aplicada por igual a todos los que la rodean, en remplazo del bonachón y masculino palmeo de Néstor, era señal definitiva de abandono a su suerte. Cristina no los persuadió de lo contrario en todos estos meses. Al menos, así se justifican los moyanistas cada vez que radicalizan su discurso. ¿Acaso Cristina más que complicado judicialmente quería verlo a Moyano fuera de la secretaría general de la CGT? Quizá. Hay voces oficiales que en sordina explican que Camioneros es un gremio de servicios y preferirían ver al comando de la central a un sindicalista con perfil industrialista. No parece un gran argumento. ¿Será, tal vez, que en temporada de “sintonía fina” Moyano no expresa al conjunto sino a una parte del movimiento obrero organizado y Cristina estaría buscando un liderazgo de mayor consenso para garantizar gobernabilidad? Es una interpretación posible. No la única, ni la mejor, por supuesto. Es cierto que la agenda de reclamos de la CGT hoy (mínimo no imponible, salario familiar, paritarias libres) pone en cuestión el patrón de acumulación del gobierno que pretende atravesar la crisis internacional con rienda corta para que no le pase lo que le pasó en 2009, cuando los sectores populares sintieron el impacto económico del primer derrumbe de Wall Street, y un imitador de De Narváez catalizó el descontento. La Asignación Universal por Hijo sirvió luego para reconciliar a los más sumergidos con el kirchnerismo. Para eso, hace falta un manejo no conservador pero sí criterioso de la recaudación. Aplicar tributos a los salarios es filosóficamente indefendible para cualquier dirigente sindical peronista. Dejar a un gobierno que ha dado muestras evidentes y palpables de políticas inclusivas y distribucionistas sin esos recursos cuando el mundo se desploma es casi suicida para esos mismos sindicatos peronistas. Es un dilema real, que la matriz impositiva desigual que subsiste no resuelve. Del kirchnerismo se esperan soluciones al tema, pero para eso habrá que dejar correr el año parlamentario. Nada va a cambiar mañana por la mañana. Eso también lo sabe Moyano.
¿Se profundizará la pelea con Moyano? ¿Se convertirá el viejo aliado en la cara de la protesta de las clases medias por la readecuación tarifaria, ahora que la oposición se fue de vacaciones sin fecha de retorno? Eso también lo sabe sólo Moyano. Por lo pronto, negarle derecho al pataleo es excesivo. Es como olvidarse de la noche a la mañana que después de Saúl Ubaldini fue el más coherente defensor de los trabajadores, a su modo, aunque las clases medias tilingas nunca le reconozcan el mérito. Algunos sí, claro, pero recién ahora que los títulos de Clarín reflejan sus enojos con el gobierno K y lo empiezan a ver rubio, alto y de ojos celestes, parecido a Lech Walesa, y hasta es probable que lo propongan como Nobel en sus tweeteos.
Improbable que haya acuerdo. Igual de improbable es que este desacuerdo ponga a Moyano en la vereda de Luis Barrionuevo. Nótese que se dice improbable y no imposible porque se asume desde esta columna que algunas de las cosas contemporizadoras que se dicen por lo bajo son ciertas, tanto de un lado y del otro, pero a las palabras también hay que acompañarlas con gestos. Inútil es descartar un realineamiento de Moyano junto a Daniel Scioli, en ese espacio de kirchnerismo por la libre donde el gobernador bonaerense puede jugar a la pelota con Macri y Moyano defender al “Momo” Venegas, y a la vez plantear que son leales a Néstor y Cristina. Quizá sus diputados sigan dentro del FPV, o voten de acuerdo al momento en disidencia. Eso también lo sabe sólo Moyano.
Por lo demás, es casi de Perogrullo para el amplio arco plural, diverso y policlasista que apoya este modelo de país que Moyano no puede comparar seriamente al kirchnerismo con Menem porque se estaría disparando en el pie y el kirchnerismo no puede correr con Oscar Lescano al moyanismo porque es como meterse el dedo en el ojo.
Horrorizarse por sus definiciones tampoco es muy aconsejable. No es tan grave y tampoco es simple. El peronismo nunca tuvo paz. Jamás fue gandhiano. Pero desde el ’45 el jefe político siempre quiso tener en la CGT a un incondicional que lo ayude a gobernar. Perón a Espejo y a Rucci. Menem a Daer. Néstor a Moyano. ¿Y Cristina, después del 54 por ciento?
Eso lo sabe sólo ella.<

 

Fuente: tiempo.infonews.com

 

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