“El fastidio es una materia prima que hay que convertir en otra cosa”

Los núcleos problemáticos del país, la reinvención de un lenguaje político que dé cuenta de las transformaciones, los apoyos, las críticas y el debate intelectual en el centro de la discusión.

 

(NICOLAS ANGUITA)

Pasó mucho después del último debate intelectual. Los memoriosos podrían situar el último en el nunca bien explicado –pero siempre convenientemente a mano para zamarrear a gusto– conflicto entre los seguidores de Boedo y los de Florida. Aunque lo mejor en este caso sería hablar de los dos proyectos de país enfrentados entre los intelectuales y políticos de la generación del ’80 . 1880, claro: Alberdi, Sarmiento.
Hoy, luego de conocidos los textos de Carta Abierta, Plataforma 2012 y Argumentos, la figura de Horacio González se torna imprescindible para explicar el apoyo de unos, la oposición de otros, las razones de un enfrentamiento y, sobre todo, la permanente búsqueda de un pensamiento crítico y superador. Algo a lo que el director de la Biblioteca Nacional jamás se opone.
–Actualmente, ¿cuáles serían los grandes núcleos problemáticos del país?
–Concibo un país como un conjunto de nudos problemáticos. Uno muy evidente es la forma de financiamiento estatal, las políticas públicas y las sociales, que provienen de actividades que significan un cambio de rumbo muy preciso en el perfil productivo de la Argentina. Tanto en el campo donde interviene la soja como en las economías extractivas por el predominio de la minería a cielo abierto. Son dos ocupaciones diferentes y distintas participaciones del PBI, pero en ambos casos hay una fuerte discusión cultural en torno del modo en cómo se emplearon las tecnologías en el cultivo de la soja y el modo en que se ampliaron las tecnologías que trae la extracción de minerales. Como ésta es una situación latinoamericana, perteneciente a todos los países que comparten el suelo donde hay metales, sobre todo las provincias cordilleranas más Bolivia, Ecuador, Chile, se impone una fuerte discusión latinoamericana y una escucha de las poblaciones que están afectadas y nuevas ideas políticas, ya que hasta el momento se escuchan explícitamente las posiciones empresariales o las posiciones que pertenecen a las comunidades ligadas territorialmente a los lugares donde se produce esa explotación. Faltaría una gran política latinoamericana que dé satisfacción a las necesidades de que haya una minería responsable y un cuidado mayor en las cuestiones que hacen al tipo de empresa que organiza la cuestión, los monopolios, qué papel juegan en la globalización: cuestiones éticas y tecnológicas, ya que no es seguro que no haya mejores tecnologías para intervenir en una manera menos hiriente.
–¿Es posible llegar a ese entendimiento entre el interés empresarial y las derechos de las comunidades territoriales?
–Las conversaciones que hay hasta ahora se hacen en términos de la lógica empresarial mundializada. Las viejas nociones que teníamos de ciertos libros de 1917 deben ser actualizadas rigurosamente. Los gobiernos latinoamericanos que apoyamos, con sus diferencias y sus situaciones particulares, siguen el modelo del gobernador riojano Luis Beder Herrera, que es un personaje trágico de la época, aunque se podrían decir muchas más cosas de él. Pero es trágico en el sentido de que asume el gobierno respondiendo a determinadas posiciones y termina teniendo otra. Frente a esa situación hay muchas posiciones. Una de ellas es la discusión intelectual actual muy drástica: no es decirle traidor a una figura así, pero sí pasa por reducir las ambigüedades y mediatizaciones de todo tipo en los fenómenos de esta índole, donde pesan toda clase de factores y no sólo los que nos interesan más que son el bienestar, la seguridad y la justicia con ese sujeto que llamamos “la población”. Hay razones de sustentabilidad de los países, de gobernabilidad, de acuerdos mundiales. Todos estos gobiernos se enfrentan a múltiples presiones, algunas de las cuales no son fáciles de designar, de ahí que se pueden cometer deslices utilizando la palabra “terrorismo” para definir expresiones de otra índole, no semejantes a las que con ese nombre mencionaban las dictaduras. Entonces, hay problemas de lenguaje, culturales. Y problemas de la mirada que echamos sobre el mundo, un mundo de horizonte sombrío donde se desprenden grandes poblaciones de las mismas condiciones de vida y no hay un pensamiento como el que podría ocurrir cuando eso tenía lugar en las inmediaciones de la primera Guerra Mundial, o en 1917, cuando aparecieron esos grandes textos revolucionarios. En Europa, la crisis, al mismo tiempo de alterar una tradición de ilustración socialista, de izquierdas, cae en la tentación de los gobiernos de los banqueros. Eso es simultáneo al hecho de que enormes contingentes humanos se ven desprendidos de sus frutos de subsistencia y de sus frutos culturales. Eso no ocurre en la Argentina: hay una conciencia de que no va a ocurrir y políticas destinadas a que no ocurra. Pero no hay ni debe haber ninguna conciencia de que este es un país separado de la lógica de reproducción de los poderes mundiales.
–¿Es esperable que haya nuevos grandes textos revolucionarios? Además, si no se resuelven estos dos grandes núcleos problemáticos que usted mencionaba, ¿se puede seguir avanzando, y cómo, y hacia dónde?
–Para evitar equívocos terminológicos, aplicaría un término gramsciano: “transformismo”.
–¿Transformadores?
–Digo “transformistas” porque está Gramsci de por medio y es un poco, también, un oficio circense interesante. Pero está bien, digámoslo de la manera que menos ofenda: no pueden ser los textos del pasado aunque tampoco pueden desoír las voces del pasado. Y en ese sentido, marcaría otro núcleo problemático en la Argentina, que es la necesidad de una mayor integración entre la fuerte conciencia del desarrollo científico y técnico con una visualización más profunda de la incidencia de las políticas culturales en la definición de todos los tratos sociales y económicos. Con esto me refiero a que haya una autoconciencia pública más elaborada en la necesidad de nuevos lenguajes sociales, políticos.
–Eso implica replanteos en los medios de comunicación…
–Sí, pero replanteos que no son necesariamente los de la Ley de Medios. No se trata de intervenciones públicas sino de conciencia pública. Las instituciones públicas no intervienen en los lenguajes ni en ninguna pauta de trabajo en los medios de comunicación, pero sí debe haber una autoconciencia sobre el uso de los lenguajes públicos, en el modo que no puedan degradarse, que no generen la caída de pedazos enteros de la cultura heredada y que esto sea simultáneo a la necesidad de que se tenga conciencia de los derechos que se vean afectados. No estoy diciendo algo sarmientino, aunque hay una parte de Sarmiento que debe ser recuperada más allá de las críticas que uno pueda mantener con su pensamiento. Esa asociación entre Estado, desarrollo y cultura crítica tiene que tener una exigencia en las construcciones culturales, en las inversiones, en la promoción, en la escucha de todas las corrientes de un país. Eso está ocurriendo ahora, pero debe haber una mayor conciencia de que ocurra. Eso sería un paso adelante, si no las situaciones por las que está atravesando el país, situaciones que promueven ámbitos mayores de bienestar a miles de personas, se pueden privar de crear un sujeto emancipatorio mucho más interesante, con autoconciencia de sí mismo. Una conciencia mucho mayor que las que proveen las consignas estrictas de desarrollo. Si aceptamos las hipótesis de un desarrollo nacional con fuerte intervención de la ciencia y la técnica, es necesario que del otro hemisferio, el de la cultura, del lenguaje, de la conciencia simbólica y las herencias de la conciencia crítica, aparezcan nuevas fuerzas políticas. Veríamos al país como una gran discusión que no sería diferente a la que hay, pero sí tendría un lenguaje más elaborado. Y la Argentina se convertiría en un país mucho más interesante.
–¿Qué es un país más interesante?
–Un país que si tiene petróleo sabe cómo explotarlo, que cuida la naturaleza y sabe hacerlo y que tiene un lenguaje para interpretar más profundamente la crisis de la política en el mundo. Un mundo que tiende a que los nuevos políticos sean gerentes entrenados por los bancos que subsistan o por una red de bancos definitivamente superiores a las naciones. Y ya ni siquiera va a alcanzar el término “globalización” para explicar eso.
–Habida cuenta de lo planteado en su momento por el grupo Aurora y recientemente por Plataforma 2012, ¿se puede desarrollar un pensamiento crítico hacia afuera si no se tiene un pensamiento crítico hacia adentro?
–Voy a utilizar para el grupo Aurora una frase de Carlos Pagni en La Nación: “No llegaron a ver las primeras luces del mediodía”. A mí me interesó mucho el surgimiento de aquel grupo y me interesan los actuales, todos con nombres de los sesenta: Carta, Plataforma, Argumentos. Y no es ocioso: los ’60 son el gran modelo de esta discusión. Sólo que ahora intervienen las variables tecnológicas de una manera más dura y la cuestión comunicacional. Pero el surgimiento de todos estos grupos es parte del gran rompecabezas nacional. Quien pueda armarlo tomando las porciones de lenguaje que correspondan de los otros, está en condiciones de comenzar un nuevo período de la vida cultural argentina, hacer trascender al país a una dimensión mucho más interesante. La discusión que se realizó en TN con representantes de Carta Abierta y de Plataforma fue muy interesante. Y es necesario decirlo, para no seguir cayendo en estereotipos: el rol de Marcelo Zlotogwiazda, dejando hablar a todos y poniendo a todos en una situación a la vez cómoda y límite, fue importantísimo.
–¿Con qué cosas de Plataforma está más en desacuerdo?
–Lo dijo la gente de Argumentos: básicamente con la enumeración de las muertes y no decir que son diferentes, como si hubiera una política homogénea de represión, en cambio de mencionar la gran complejidad de cada muerte. Ignorar que hay preso un dirigente importante de un gremio importante. Uno puede ver la política como un continuum de los mismos temas enfatizados de manera diferente por cada grupo. Ese continuum puede existir, pero deben verse las diferencias. Y esas diferencias están en los distintos grupos que entran en puja: Carta Abierta, Plataforma, Argumentos. A todos hay que adjudicarles la idea de que esta es una época de profundo interés intelectual que vive el país. Y no es que interesen los intelectuales sino que interesan los grupos problemáticos que son de carácter intelectual: público, moral e intelectual. Después, el lenguaje de cada uno es una elección personal. Y estamos de acuerdo en que no hay nada más odioso que un lenguaje intelectual: de inmediato, la población percibe que así no se habla. Pero ese es el riesgo de construir un nuevo lenguaje. Y el tema de la construcción de un nuevo lenguaje es el mayor tema intelectual del país entero. El lenguaje de una sociedad que se escucha a diario: desde el tren de Moreno hasta la clase de Filosofía y Letras. La suma de esos lenguajes hace a la capacidad interpretativa de la crisis de una nación y de su posibilidad de resolverla en términos de una fuerte consideración desde las columnas del lenguaje.
–¿Le molesta que ese tipo de debates no se haga desde los medios oficiales?
–Tiene que llegar el momento en que se hagan. Pero para eso tienen que ocurrir más cosas: no sé cuáles. Quizá deba haber tecnologías específicamente televisivas, otras tienen que ver con las necesidades del país y el momento en que se está atravesando. El episodio del debate de Beatriz Sarlo en 6,7,8 me pareció interesante, pero deshizo una posibilidad mayor. Hay que preguntarse de una forma madura las razones por las cuales ese seguimiento del debate quedó truncado. Y una vez respondidas esas cuestiones, retomar la posibilidad de discusión. Del mismo modo, creo que si uno firma un documento, no puede retirar su firma porque está entre los firmantes determinada persona: eso arruina el debate. Hay que animarse a empezar a bajar el nivel de encono y de apriorismos que tiene el debate. Claro que ir a la televisión tiene que ser algo que debe ser sometido a una reflexión colectiva. Uno cuando va a la televisión es otro, ese otro hábil que quiso ser y no sabe si lo logró frente a destacados periodistas. Uno, después, sale a la calle y se libera, pero ya dejó una marca que no era propia. Uno pasa a ser una suerte de frases deshilvanadas que conecta el periodista de turno. De manera que los modos del debate televisivo deben ser replanteados. 6,7,8 puso en cuestión el modo de TN y el aparato Clarín y consiguió dar a luz otra estrategia de debate. Yo quiero seguir discutiendo sin aplicar estereotipos.
–Los integrantes de Plataforma 2012 preguntan qué les pasó a quienes tildan como “voceros del Gobierno”. Podría invertirse la pregunta y cuestionar qué les pasó a ellos que defendieron en otro momento determinadas políticas puestas en práctica ahora. ¿Qué les pasó ante la irrupción de una política de gobierno que los descoloca?
–Es complejo. La minería, por ejemplo, no puede resolverse con una suerte de profetismo volviendo a las comunidades primitivas o haciendo predominar criterios emancipatorios sobre lógicas de desarrollo económico y nacional. Sin embargo, todas esas voces deben ser escuchadas y alojadas en un lugar promisorio de la reflexión. Eso todavía no se hizo y hay que hacerlo. De otro modo, estaríamos pensando en un totalitarismo nacional que asfixia estos problemas no menores. O desoyendo las lógicas nacionales abiertas al mundo. Estas lógicas nacionales deben ser enriquecidas y no pueden ser sometidas a un pensamiento de parques temáticos: el de la soja, el de la minería. Hay que pensar en relación con cuestiones industriales que no necesariamente se resumen en estas dos anteriores: hay cuestiones culturales, sociales, industrial agraria, de cuadros importador-exportador, de decisiones que hay que tomar sobre el mercado de cambio. O pensamos en parques temáticos y congelamos los problemas estructurales o pensamos estas cuestiones graves de una manera concreta teniendo en cuenta todas las contradicciones nacionales. Lo concreto como síntesis de múltiples determinaciones, una frase bastante anterior a 1917.
–Respecto a la crítica de personas con las que usted recorrió caminos comunes, ¿qué genera esta actitud fastidiosa?
–Creo que es imposible pensar sin fastidio. El fastidio es una materia prima que después hay que convertir en otra cosa. Kant escribió Crítica de la razón pura para poner su fastidio en otro lugar. La situación hiriente no es la de fastidio sino la de decir cualquier cosa. No es bueno un país donde se dice cualquier cosa y de manera injuriante. Eso es lo que está pasando, promovido por los sistemas tecnológicos: por ejemplo, los blogs que siguen a las notas de los grandes diarios que tienen un poder de coacción inmedible. Sale una nota diáfana arriba, digamos Mariano Grondona y su lenguaje jurídico y politológico, y después le sigue una carrada de 300 comentarios que no tienen ningún nivel. ¿Qué es lo que importa más? Da la impresión que ese nivel injuriante está nutriendo una superficie en la que hablan profesores, togados, doctores, sacerdotes, personas de observancia de todas las reglas de la moral y las buenas costumbres pero que abajo hay enunciados, anónimos o no, apócrifos o no, que supuestamente modera un coordinador que permite cosas cloacales sin prurito. Eso coloca al lenguaje colectivo en un abismo. Me cuestionarán que quiero reglamentar eso: no, nunca, no quiero reglamentar nada. Eso debe ser el espacio de la autoconstrucción de los medios de comunicación. Pero como eso es imposible, hay que tratarlo como otro de los nudos conceptuales de lo que es una nación. El lenguaje no debe transformarse en una forma grosera del duelo y de la muerte.
–¿Hay una manera de pensar más contenida de hablar de los intelectuales al saber que un medio va a hacer uso de lo que ese intelectual está diciendo?
–Por supuesto. En los ’60 estaba muy de moda aquello de criticar si se ponía o se sacaba de contexto una frase dicha. Eso ahora es una ingenuidad: se multiplicó en una maquinaria de captación de enunciados que ya no son meramente poner o sacar de contexto sino de ser hablado por otros. Todos perdimos el hilo conductor de nuestra identidad frente el poder devastador de ciertos medios.
–¿Va a estar condicionada la próxima reunión de Carta Abierta luego de los escritos de Plataforma y de Argocumentos?
–Claro. Ahora se hacen más necesarios estos espacios. Escuché a Maristella Svampa decir que el grupo Plataforma 2012 se está decantando. No sé qué quiere decir “decantando”. Si es en Carta Abierta, sale y entra muchísima gente. Es un grupo de profesores, ingenieros, sociólogos, químicos, psicoanalistas que sintieron un llamado. Y al sentir ese llamado estuvieron dispuestos a enganchase en el mundo de lo político en términos de oratoria, de lectura, de escritura. En esas cosas que hacen existir a la política. Estos grupos que se constituyeron airean mucho la vida intelectual de un país, lo sacan de la pesadez doctrinaria. A veces se escucha a personas hablar de política y parece que hablaran en un lenguaje de 1920, 1940 o 1960. Estamos en un lugar de reinvención de los lenguajes políticos de la transformación argentina.
–¿Hay falta de debate en temas importantes? Por ejemplo: la transformación de la carta orgánica del Banco Cntral, minería, ley de entidades financieras, etcétera, en el seno del Gobierno, luego del alto porcentaje de votos?
–Esta es una discusión en el seno de toda gran mayoría, ya sea la de las revoluciones del siglo XX o la actual: ¿qué hacemos con esto, abrimos las posiciones a una escucha muy fuerte o aprovechamos los poderes que se tienen? Yo creo que esa discusión está en curso y estoy seguro de que va a triunfar la idea de escuchar a todos los grupos políticos del país. No está la época para hacerlo de otra manera. No hay un partido en el gobierno que postule la existencia de cuadros políticos axiomáticos, de observancia monacal. Eso frustraría esta experiencia. Me pueden decir que hay mayores disciplinamientos que la política clásica puede ver como favorables, pero en el estado real de la situación argentina, debilitaría más que fortalecería un gobierno. Ya no estamos en la época de la 125 donde todos actuábamos en emergencia.
–Dicho eso: ¿Carta Abierta está para escuchar al gobierno o para ser escuchada por el gobierno?
–Ese es un problema real que nunca se definió. Algunos de los integrantes actuamos libremente como funcionarios. Y como funcionarios debemos escuchar al núcleo central del gobierno encabezado por la Presidenta. Ahora bien, la situación que se presenta y que el gobierno aceptó claramente es que hay una voz que apoya al gobierno y que constituye su voz en términos de una autonomía ilimitada para hablar. Y no tiene el permiso de la libertad, nadie le dio el permiso para ser libre. Esa libertad se constituyó en el propio contrato originario del grupo. De manera que pueden ser las dos cosas, con total libertad de hacerlo o de no hacerlo.

 

 

Fuente: sur.infonews.com

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